Noticias Principales

 

 

 

Transmisión en Vivo

ARTÍCULO

Boaco en la memoria del doctor

Armando Íncer Barquero

 

Su mente lúcida tiene la diafanidad del agua. Un búho en vuelo —el de Minerva—  lo lleva a los años de 1920 y 1930, cuando —según su parecer —los viajes largos hacían pensar a los boaqueños.

 

“Yo ya tengo derecho a la esperanza, como decía Cesar Vallejo” (1892 – 1938), expresa el doctor Armando Íncer Barquero mientras se sienta para iniciar una conversación a través de la cual nos conduce a sus años mozos y al Boaco de ayer y hoy. Es mediodía, un sol de plata alumbra a Boaco, la sala de su casa está envuelta de una luz clara y un silencio de paz. A sus 87 años de edad, no le dice no al trabajo. Previo a la entrevista, el doctor Íncer atendía a una paciente. “La pensión de retiro me da para diez días, lo que recibo mensualmente son 11 mil córdobas”, justifica. Médico, poeta, historiador y promotor de las artes, Incer Barquero es un referente obligatorio de la llamada Ciudad de Dos Pisos  Un estruendo sonoro interrumpe la conversación. Es la canción Mayores de Becky G y Bad Bunny, en boga por estos días que suena con volumen de cañón.  “Las buenas costumbres se perdieron”, dice al cuestionar el ruido de los juegos mecánicos, a orillas de su casa y la música que todos los días a alto volumen interrumpe la serenidad de su hogar. Su labor es incansable.  Atiende como médico a  diario, usualmente escucha música clásica, lee, y ve noticias.

 

Autor de nueva obra

 

Recientemente, concluyó Alta artesanía celeste, obra que considera someterla a la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, de la cual es miembro honorario.

El libro lo dedicó a la vida y obra del padre José Nieborowski, un sacerdote de origen polaco, que llegó al pueblo a sus 50 años, sin saber que se convertiría en la figura más importante de la ciudad. “El padre Nieborowski (1866 - 1942) inauguró el servicio de agua, trajo luz eléctrica. Boaco fue la cuarta ciudad en traer energía, después de Managua, León, Granada, Boaco. De su dinero mandó a unas muchachas a prepararse como maestras rurales en León y Granada, ofreció las ermitas como escuelas, hizo una cartilla para enseñar a leer y escribir”, añade con voz de rayo meridiano. Para Incer Barquero, el religioso legó un  espíritu de compromiso en la población para mejorar su localidad. “Hizo lo que el Concilio Vaticano II pidió: mejorar la salud, educación, estructura de las casas…”, sintetiza.

 

Su Boaco culto y oculto

 

La educación es para el doctor Íncer “la necesidad número uno para el desarrollo del país”. De ahí que durante su periodo como alcalde de Boaco (1990 – 1996) haya impulsado la creación de 33 escuelas en el área rural y apoyado las publicaciones de historiadores pese al presupuesto corto de dos millones de córdobas, del cual salían, también, gastos como el pago a los concejales y 150 empleados. Como buen boaqueño, se enorgullece de que su ciudad cuente con cuatro autores, que han ganado el Premio Nacional Rubén Darío: Diego Manuel Sequeira, con la obra Rubén Darío criollo (1939); Antonio Barquero, poeta, quien publicó en periódicos y revistas (1952 ¿?); Julián N. Guerrero, con Monografía de Boaco (1954) y Hernán Robleto, con… Y se hizo luz (1967), en el centenario del natalicio del bardo nicaragüense y universal. “¿Y lo tienen Jinotega, Estelí, Ocotal? La gente hoy no sabe, por eso digo que Boaco es culto y oculto”, exterioriza. “Boaco ha permanecido al margen de la historia y al margen del presupuesto”, critica con la visión de un cisne gris.

 

Un búho en vuelo

 

Su mente lúcida tiene la diafanidad del agua. Un búho en vuelo —el de Minerva— lo lleva a los años de 1920 y 1930, cuando —según su parecer —los viajes largos hacían pensar a los boaqueños. “Los jóvenes no saben nada, están ensimismados en chatear”, deplora. En aquel tiempo, los niños debían viajar con sus padres cuatro días a caballo hasta Las Banderas, para luego trasladarse a Managua, en motocicleta. Había entonces, montura para varones y otra para mujeres. La albarda para mujeres era de un solo estribo, por lo cual ubicaban una pierna encima de la montura doblada con una vestidura estilo capota. El Boaco de hoy es un desconocido para el doctor Íncer Barquero. Su casa es una gran memoria. Allí fundó, en 1960, junto a su prima Lolita Pastora (q.e.p.d.) el Museo de Doña Carmen, en honor a su esposa, donde se observa la evolución de la sociedad boaqueña. Es otro mundo, con objetos antiquísimos que los mismos pobladores le han entregado: fotografías, monedas, espadas, estampillas, aparatos de uso domésticos, libros de comuniones y bodas y pinturas de Angelita Robleto, la primera boaqueña graduada, y de Salvador Barquero, quien acompañó a Rigoberto Cabezas en la Reincorporación de la Mosquitia, entre otros. “Todo es regalado”, afirma.

Tierra de encantadores

Quienes habitan Boaco deben trasladarse por su desnivelado casco urbano. Quizá por ello, se dice que en Boaco, las mujeres destacan no solo por su belleza, sino también por tener las mejores piernas. Esta ciudad es conocida, también, por el sabor de su leche y de su queso fresco, debido a su copiosa producción ganadera.  Un faro embellece la ciudad de dos pisos porque según un poema del escritor Emilio Sobalvarro “Boaco era un mar y los dioses petrificaron el mar”. “Por tanto, en este mar tiene que estar un farol, mar de hierba, cerros verdes”, expresa Íncer Barquero. Fue, precisamente, en su periodo como alcalde, en 1996, cuando se inauguró dicho faro como un homenaje a la ciudad por su centenario. La obra costó 120 mil córdobas y su arquitecto Joaquín Arcia no cobró. Boaco es historia, naturaleza, cultura, superación  y gente cálida. En náhuatl, “Boaco” significa ‘tierra de encantadores’. Cuando el doctor Íncer Barquero habla de Boaco, sus palabras saltan cual olas de verdoso mar, suben y bajan con una cadencia eufónica como cuando en su infancia y mocedad solía caminar las gradas de su natal ciudad.

 

 

Ediciones Especiales